En mi fiesta de cumpleaños, Iker me miró desde arriba mientras se vestía y soltó: “Qué truco tan barato, Itzel”. Yo no dije nada. Agarré mis cosas y no le volví a hablar en tres meses. Diez años…

En mi fiesta de cumpleaños, Iker me miró desde arriba mientras se vestía y soltó: "Qué truco tan barato, Itzel". Yo no dije nada. Agarré mis cosas y no le volví a hablar en tres meses. Diez años...

En la fiesta de mi cumpleaños pasó algo entre Iker y yo, algo que no debía pasar. El vecino de enfrente, el chico al que perseguí durante diez años, estaba en mi cuarto. Cuando desperté, él ya se estaba vistiendo. Me miró desde arriba con un asco que no se molestó en ocultar.

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—Qué truco tan barato, Itzel. Volteé a ver el vaso de jugo que seguía en la mesita. No expliqué nada. No discutí.

Ignoré el cansancio del cuerpo y me fui derecha a mi casa. Le corté la comunicación durante tres meses completos. La siguiente vez que supe de él fue cuando su madre lo arrastró hasta mi casa para pedirme un favor. —Ya por fin sentó cabeza este necio.

Ya están planeando el compromiso. Itzel, tú estudiaste diseño de interiores, ¿verdad? ¿No les puedes ayudar a remodelar la casa nueva? Me quedé congelada en la cocina y el caldo hirviendo se me derramó en la mano.

Mi mamá me dio unas palmaditas en el brazo, feliz de la vida. —Espérate, ¿entonces ustedes dos sí funcionaron? Siempre dije que mi hija no será la más lista, pero de que es aferrada, es aferrada. Si te casaste con Iker.

El ambiente se puso pesado de un segundo a otro. La cara de Iker se puso negra. —Itzel, ¿se te hace divertido andar inventando cosas? Aunque digas que estás esperando un hijo mío, jamás me voy a casar contigo.

Las dos madres se quedaron tiesas. La señora Cervantes se disculpó de inmediato. —¿Qué tonterías estás diciendo? Itzel es una muchacha decente.

Ya deja de portarte como un patán. Se dio la vuelta y le empezó a dar de manotazos en el brazo. Yo aproveché para hablar. —No se preocupe, señora Cervantes, pero de verdad no puedo ayudarles con la casa.

Bajé la mirada y me toqué el vientre despacio. —Yo sí estoy embarazada de tres meses exactos. Sonreí y agregué: —Pero no se preocupen. El bebé no es de Iker.

Esa sola frase cayó como un trueno en la sala. Iker le dio una patada a la silla de junto, apretando los dientes. —¿Se te hace correcto andar con esas bromas ahorita? Bajo la mirada espantada de mi mamá, saqué un plato de caldo de pollo y me senté a la mesa.

Le vi la cara de furia, me tapé el vientre con la mano y me quedé perfectamente tranquila. —No estoy bromeando. Estoy embarazada y de verdad no es tuyo. Después forcé una sonrisa educada.

—Lo siento, señora Cervantes, van a tener que buscar a alguien más para el diseño de la casa. El aire del cuarto se congeló. A mi mamá se le llenaron los ojos de lágrimas y no le salió una sola palabra. La señora Cervantes sintió que la cosa se estaba poniendo fea, se rió incómoda y jaló a Iker hacia afuera.

Antes de irse, él me lanzó una mirada oscura. —Aunque fuera cierto, yo nunca me voy a hacer responsable. En el momento en que se fueron, mi mamá dio un manotazo en la mesa. —Ya sé que llevas diez años enamorada de Iker, pero aunque te arda que se vaya a comprometer, no puedes arruinarte la reputación así.

Ni siquiera has tenido novio. ¿De dónde iba a salir un bebé? Saqué el ultrasonido de la bolsa del pantalón. Las palabras embarazo y tres meses la callaron por completo.

Cerró los ojos derrotada y de repente me agarró la muñeca. —Oí lo que dijo. Dijo que aunque fuera cierto no se iba a hacer responsable. ¿Pasó algo entre ustedes?

¿Este niño es de él? Le di un trago al caldo y contesté bajito. —Mamá, ¿cuántas veces te lo tengo que decir? El bebé de verdad no es de Iker.

A mi mamá le temblaban las manos del coraje. —Entonces, dime quién es el papá. No estoy en contra de que salgas con alguien. Ya casi tienes treinta y siempre rechazaste a todos los muchachos que te presenté.

Yo pensé que ibas a estar clavada con Iker toda la vida. Pero tú vas y te embarazas sin marido. Se me subió una náusea a la garganta. Me paré y tiré el caldo en el fregadero.

Mientras ella seguía con el sermón, le dije sin ganas:

—Él sabe del bebé y está dispuesto a hacerse responsable. Mi mamá me siguió por toda la cocina con la cara llena de frustración. —Responsable. ¿Cómo?

Ahorita dice que sí, pero cuando de verdad des a luz se va a correr. La cabeza se me fue a otro lado. A lo emocionado que se puso cierta persona cuando se enteró. Se me escapó una sonrisa sin querer.

Él sí iba a ser responsable. En el momento en que supo que estaba embarazada, me transfirió un millón de pesos a la cuenta y él mismo compró todas las cosas del bebé. Cuando menos era mil veces más responsable que Iker. —Mamá, no te preocupes, tu hija no es tonta.

Ya me voy a trabajar. Agarré mis cosas y bajé al estacionamiento. Cuando llegué a mi coche, el carro de Iker me tenía la salida completamente bloqueada. Por instinto metí la mano a la bolsa para sacar su llave de repuesto y moverlo, pero después de buscar un rato, me acordé de que él me había quitado sus llaves el día que empezó nuestra guerra fría.

Dudando, saqué el celular y bajé hasta el fondo de la lista de chats para encontrar su nombre. —¿Puedes mover tu carro? Tengo que ir a trabajar. Al segundo siguiente apareció una palomita roja en la pantalla.

Me había bloqueado. Le piqué a su perfil de Instagram. Su foto de perfil, que llevaba años siendo la del logo de su equipo, ahora era una foto de dos manos entrelazadas. Un anuncio oficial de relación.

Solté una risa amarga y guardé el celular. Cuando me di la vuelta para irme, me tropecé con algo en el piso y casi me caigo. Me agarré del espejo lateral de su coche para no perder el equilibrio. Regadas por todo el concreto estaban las cosas que yo había ido dejando en su carro a lo largo de los años.

Mi chamarra de invierno, la que le presté porque me daba miedo que se enfermara después de tomar. La cadenita de plata con la cruz, la que fui a conseguir hasta el cerro del Cubilete, subiendo miles de escalones nada más para que él estuviera protegido. Y el botiquín que le armé con todo el cuidado del mundo. Lo demás eran puras cosas sueltas, labiales y pestañas postizas que se me habían caído sin querer.

Si la persona no le importaba, sus cosas no eran más que basura para tirar. Por la ventana del copiloto vi que el asiento de adelante estaba decorado. Había un cojín rosa, un peluche amarrado al respaldo y un volantecito de juguete pegado al tablero. Antes, cada vez que yo intentaba colgarle un llaverito en el carro, él lo aventaba.

Si le pones algo tan de niña, la gente va a pensar que tengo novia, me decía. Me ardieron los ojos. Con que ese era el trato especial que se guardaba nada más para una novia oficial. Me agaché, aventé todas mis cosas viejas al bote de basura y pedí un Uber.

En cuanto me senté, me habló Nayeli, mi mejor amiga desde la prepa, gritando por el teléfono:

—Itzel, el imbécil de Iker se va a comprometer. Oír la noticia otra vez ya no me movió nada. —Sí, apenas me enteré. ¿Ya viste su Instagram?

—Todas nos espantamos. Ese cuate nunca sube nada y hoy subió cinco publicaciones. Pensamos que la novia eras tú, pero resulta que no…

No quería escuchar el resto, así que la corté. —¿Quieres oír algo todavía más fuerte?

—¿Qué? Se me dibujó una sonrisa tranquila en la cara. —Estoy embarazada. Vas a ser madrina.

—¿Qué? —No estoy mintiendo. Tres meses exactos. Le mandé la foto del ultrasonido.

Sonaba como si se fuera a poner a llorar de la emoción. —Yo pensé que ibas a estar atorada con Iker el resto de tu vida. Literal, ya te iba a decir que dejaras de estarte estrellando contra esa pared. Pero mírate, embarazada, está increíble.

Órale, dime ya quién es el papá. Me hice la misteriosa. —En unos días, cuando termine su viaje de trabajo, vas a ser la primera en conocerlo. Aceptó feliz y nos quedamos platicando de cosas del bebé un rato antes de colgar.

Apenas me senté en mi escritorio, Nayeli subió una historia a Instagram. Gracias a Dios, mi comadre Itzel está embarazada. Voy a ser madrina. Ya iba a escribirle para pedirle que le bajara al asunto, pero al segundo siguiente Iker, que llevaba semanas desaparecido, comentó: Ahora tú también le vas a seguir el teatrito.

Nayeli le contestó al instante:

—Las que no tenemos hijos no opinamos de las que sí. ¿Estás ciego o qué? ¿No ves el sello oficial del hospital en el estudio? Toda la frustración que se me había ido acumulando en el pecho se me destrabó con la respuesta de Nayeli.

Me pasé la tarde tarareando y trabajando como loca. Más tarde le tomé una foto a las flores que cierta persona me había mandado a la oficina y la subí a mis historias. Se siente bien bonito que alguien te cuide. De la nada, Iker comentó: ¿Tan reconfortante es mentirte a ti misma?

Nada más no andes diciendo por ahí que yo te las mandé. Así de poca cosa era yo a sus ojos. No le contesté. Saliendo del trabajo, mientras esperaba mi viaje, un carro conocido se paró justo enfrente de mí.

Iker bajó la ventanilla con cara de fastidio. —Súbete. Me quedé parada. —Ya pedí un Uber.

—No te estoy preguntando. Súbete. Suspiré y cancelé el viaje. Por reflejo me fui al lado del copiloto, pero después de que me lanzó una mirada, me subí calladita al asiento de atrás.

Iker manejaba rapidísimo. Esperando un semáforo, sacó un cigarro por costumbre, pero después de echarle un ojo a mi vientre plano por el retrovisor, lo guardó. —No puedes quedarte con ese bebé. Te puedo compensar por lo de esa noche, pero no me voy a hacer cargo del futuro de un niño.

Me acaricié el vientre despacio con el pecho apretado. —Lo dices como si yo te hubiera obligado esa noche. Te lo repito: no necesito que te hagas responsable y el bebé no es tuyo. Iker soltó una grosería entre dientes y le dio un manotazo al volante, tocando el claxon larguísimo.

—Todavía en un momento así sigues actuando. No creo que tengas suficiente encanto como para que otro hombre voltee a verte. Me miró por el retrovisor. Tenía los ojos llenos de burla.

En el reflejo de la ventana se veía mi cara pálida y cansada. No tenía ganas de discutir con él. Desde chicos, Iker siempre fue el consentido de todos. Alto, guapo, aplicado, bueno para los deportes.

Las niñas que lo perseguían hacían fila desde la puerta de nuestra calle hasta la reja de la escuela. Como yo era tan del montón, todas se pusieron de acuerdo en que yo no era ninguna amenaza. Cuando empecé a pasarle las cartitas de amor, Iker se quedó pasmado. —Oye, ¿por qué me estás dando esto?

Tú no me gustas. No hagas esto. Con mis lentotes puestos, le contesté con toda honestidad:

—Yo no las escribí. Alguien más me pidió que te las diera.

—Ah, qué bueno. Soltó un suspiro larguísimo de alivio. —Déjame dejarlo bien claro. No te hagas ideas conmigo.

Para mí tú ni siquiera cuentas como mujer. Sentí un piquete de tristeza, pero de todos modos me pasé los siguientes tres años caminando calladita atrás de él. No fue hasta la prepa, cuando nos tocó el mismo salón, que las cosas cambiaron. Después de sus partidos de basquetbol se aventaba todo el camino nada más para pedirme mi botella de agua.

—Dame un trago, me estoy muriendo de sed. El sol de la tarde le pegaba en la cara sudada y lo hacía verse increíblemente brillante. Por primera vez se me pusieron las orejas rojas y le dije que no. —¿Por qué no?

No seas codo con tu carnal. Me la arrebató sin más y se la empinó completa. Cuando me la devolvió, me escondí en una esquina donde nadie me viera y le di un trago justo donde habían estado sus labios. Ese fue el momento en que entendí que me gustaba y que yo a él no.

Empecé a preocuparme por cómo me veía. Intenté quitarme los lentes y me pinté torpemente la cara hasta parecer payaso. Él se burló sin piedad:

—Qué fea. Después, a propósito, dejé ir más de cincuenta puntos en el examen de admisión, nada más para asegurarme de quedar en la misma ciudad que él.

Jugaba verdad o reto nada más para confesarme disfrazándolo de broma. Hacía berrinches de borracha y aventaba indirectas todo el tiempo, pero lo único que recibía a cambio era su desprecio y las burlas malintencionadas de nuestros amigos en común. La gota que derramó el vaso fue en la fiesta de mi cumpleaños hace tres meses. Yo había salido a comprarle medicina para la gripa y cuando iba de regreso al privado, escuché a sus amigos haciendo apuestas del otro lado de la puerta.

—Iker, ¿tú crees que Itzel va a encontrar otra manera de declarársete hoy? ¿Cuántas veces ya van? ¿Como diez mil, no? A Iker se le curvearon los labios en una media sonrisa.

—Por más indirectas que me tire, yo me voy a seguir haciendo tonto. Al final de cuentas, ella es buenísima para todo, menos para ser novia. Se me quedó la mano congelada en el aire. Adentro se siguieron riendo.

Alguien preguntó si le convenía casarse conmigo nada más para no batallar con la comida y el planchado. Otro dijo que yo era el tipo de vieja que te aguanta todo. Iker no los calló ni una sola vez. Bajé la mano con la bolsita de la farmacia y me quedé viendo la manija.

Adentro estaba mi pastel a medio partir con las velas todavía encajadas en el betún. Empujé la puerta y entré. Se callaron de golpe. Puse la caja de medicina en la mesa enfrente de Iker, sin decir nada, y me serví lo que quedaba en mi vaso.

Jugo. Llevaba tres días con antibiótico, así que no había tomado ni una gota de alcohol en toda la noche. —Feliz cumpleaños a mí —dije, y me lo tomé de un jalón. Esa noche no lloré.

No me declaré por vez número diez mil uno. Nada más me quedé viéndolo tomar, oyéndolo hablar de un viaje a la playa al que obviamente no me iba a invitar. Y en algún momento, entre la una y las dos de la mañana, dejé de esperar. Lo que pasó después no fue un accidente y tampoco fue un truco.

Fue una decisión que tomé completamente sobria, con el vaso de jugo en la mano, sabiendo perfectamente que a la mañana siguiente él me iba a mirar exactamente como me miró. No me arrepiento de esa parte. El claxon de un camión me regresó al asiento de atrás de su coche. Seguíamos avanzando por Vallarta.

—Párate. Iker frunció el ceño en el retrovisor. —¿Qué? —Que te pares.

Aquí me bajo. —No seas ridícula. Ya casi llegamos a tu casa. Me estiré y le puse la mano en el hombro del asiento.

—Iker, párate. Frenó de golpe en la esquina, tan fuerte que el cinturón me apretó el vientre. Me bajé. Cerré la puerta con cuidado, porque un portazo era exactamente lo que él quería, y saqué el celular para pedir otro viaje.

Bajó la ventanilla y me gritó desde adentro:

—Piénsalo bien. Nadie te va a querer con un hijo que ni apellido tiene. —Ya lo pensé —le dije sin voltear. Se quedó ahí parado con las intermitentes puestas, esperando a que yo regresara como regresé todos estos años.

Me vibró el celular. No era el Uber. Ya aterricé. ¿Sigues en la oficina o paso por ti a tu casa?

Le escribí la dirección de la esquina donde estaba parada. Tres minutos después, una camioneta negra se orilló enfrente de mí y el hombre que se bajó a abrirme la puerta traía todavía el gafete del vuelo colgando del saco. Aarón Villalobos, cuarenta y tres años, dueño de la desarrolladora que estaba levantando el fraccionamiento completo donde la señora Cervantes acababa de comprarle la casa nueva a su hijo. Iker no lo reconoció.

Todavía no. Aarón me abrió la puerta de atrás y esperó a que me acomodara antes de subirse. Traía la camisa arrugada del vuelo y olía a café de aeropuerto. —¿Comiste un yogurt a las once?

Le dijo al chófer que se parara en la primera fonda que viera, no en un restaurante, en una fonda, de las de plástico y mantel de hule. Porque yo le había dicho una vez que lo único que me pasaba sin devolver el estómago era el caldo de res. Mientras esperábamos, sacó una carpeta del portafolio y la puso en la mesa entre el salero y las servilletas. —Ya está el acta lista.

Nada más falta que nazca. Abrí la carpeta. Reconocimiento de paternidad. Su nombre completo, su CURP, su firma de abogado.

El espacio del bebé en blanco. Se me apretó la garganta y bebí agua para que no se me notara. Aarón no es mi novio. Nunca me ha tocado.

Lo conocí hace dos años cuando el despacho donde yo trabajaba llevaba los interiores de su primer fraccionamiento y se inundó la obra en plena temporada de lluvias. Yo fui la única del equipo que se quedó hasta las cuatro de la mañana levantando pisos con los albañiles. Él llegó a las cinco con doscientos cafés y me encontró dormida arriba de unos costales. Desde ahí me llamaba directo a mí, no al despacho.

El día que me desmayé en una junta y el médico de la torre me dijo que tenía nueve semanas, el que estaba afuera del consultorio era él, porque la junta era suya. Yo lloré en su camioneta como no había llorado en diez años. Cuando terminé, le conté todo: la fiesta, Iker, la puerta. Él manejó como veinte minutos sin decir nada y luego me hizo una sola pregunta.

—¿Lo quieres tener? —Sí. —¿Quieres que ese niño lleve el apellido de él? —No.

—Entonces que lleve el mío. Aarón tuvo una hija. Se llamaba Renata y se murió a los tres años de una cosa del corazón que nadie le detectó a tiempo. Su esposa se fue seis meses después.

Él no va a volver a armar una familia, me lo dijo así, con esas palabras, comiéndose una torta ahogada. —No te estoy haciendo un favor. Yo también quiero algo. Quiero volver a tener a alguien a quien firmarle papeles.

Firmamos un acuerdo de verdad, con abogado y todo. Él da el apellido y la manutención. Yo doy los interiores de todos sus desarrollos por los próximos cinco años. Ninguno de los dos le debe nada al otro después.

Si algún día él quiere casarse, se casa. Si yo quiero casarme, me caso. Es el único trato limpio que he tenido en mi vida. El sábado llevé a Nayeli a conocerlo.

Se arregló como si fuera a una boda. Llegó al restaurante con la sonrisa lista y se le fue cayendo de a poquito. Cuando Aarón se paró al baño, me agarró la muñeca por debajo de la mesa. —Itzel, ¿qué?

Ese señor no te ve como novia. —Ya sé. —¿Cómo que ya sabes? Saqué la carpeta de la bolsa y se la puse enfrente.

La leyó dos veces. Le vi los ojos ponerse rojos. —Firmaste un papel. —Firmé un papel.

—Amiga, te estás oyendo. Estás rentando un apellido. —Estoy pagando por uno. Con trabajo.

Es distinto. Y el amor lo intenté diez años seguidos con el vecino de enfrente y acabé oyéndolo apostar conmigo atrás de una puerta. Nayeli se quedó callada. Se limpió abajo de los ojos con el dedo para no correrse el rímel.

—¿Y si te enamoras de él? —No me voy a enamorar. —¿Y si él se enamora de ti? —Tampoco.

Aarón regresó del baño y ella cambió la cara en medio segundo. Terminando la comida, cuando él se adelantó a pagar, Nayeli lo alcanzó en la caja y le dijo algo que yo no alcancé a oír. Él la escuchó completa, asintió una vez y le dio la mano. Después me contó qué le había dicho.

—Le dije que si algún día te deja tirada, yo lo busco. El lunes entregué mi renuncia. El arquitecto Bracamontes me la recibió como si fuera un chiste. Se recargó en su silla, se quitó los lentes y me miró la panza que todavía no se veía.

—Itzel, no seas impulsiva. Ya sé lo de tu situación. Nadie aquí te va a decir nada. —No es por eso.

Mire, le tengo una noticia. Se acaba de firmar el fraccionamiento Altavista completo. Los interiores de las cuarenta casas. Iba a poner tu nombre como líder de proyecto.

Se me hizo un nudo raro en el estómago, porque hace seis meses hubiera llorado de la emoción con esa frase. Se puso los lentes otra vez. —Bueno, líder, no. Apoyo de líder.

La cuenta la lleva Villalobos personalmente y él es cliente del despacho. No tuyo. —Ahí está el detalle, arquitecto. Puse la carta de renuncia en su escritorio y la empujé con dos dedos.

—Villalobos ya no es cliente del despacho. No se lo dije de mala manera, ni siquiera levanté la voz. Bracamontes agarró el teléfono enfrente de mí y marcó. Yo salí de la oficina antes de que le contestaran.

Recogí mis cosas en una caja de cartón: doce años de escalitas, plumas, un cactus muerto y la taza que decía La que diseña manda. Nadie se paró a despedirse. Casi todos ya sabían lo del embarazo por la historia que subió Nayeli y ninguno sabía cómo preguntarlo. En el elevador me temblaban las manos, no de tristeza, de hambre, porque otra vez se me había pasado la hora de comer.

Aarón me estaba esperando abajo con las llaves de un local en Providencia. Ciento veinte metros, piso de cemento pulido, un baño y nada más. Olía a humedad y a pintura vieja. Caminé hasta el fondo, donde entraba la luz por un tragaluz cochino, y me quedé parada ahí.

—¿Qué pasa? —preguntó desde la puerta. —Nada, estoy viendo dónde va la mesa de trabajo. Se recargó en el marco y se cruzó de brazos.

—Los cuarenta interiores de Altavista son tuyos y los del segundo fraccionamiento también. El que sale en marzo. Volteé. —¿Cuál segundo?

—El de la salida a Chapala. Ese que tu ex vecino no se puede ni imaginar. Me tardé como cuatro segundos en entender. —Aarón.

La casa que la mamá de Iker le compró. ¿En cuál fraccionamiento está? Sacó el celular, buscó algo y me lo puso enfrente. Manzana 7, lote 22, Altavista.

Me senté en el piso de cemento con la caja de mis cosas todavía en los brazos y me empecé a reír sola en un local vacío. Se oyó horrible con el eco. Aarón no preguntó de qué me reía. Nada más se fue a la camioneta y regresó con dos botellas de agua.

—Tómate una. Te estás riendo con el estómago vacío. A las tres semanas de haber abierto el estudio, cuando todavía tenía la mitad de las cajas sin desempacar, se paró una camioneta blanca enfrente y se bajó Paulina con una bolsa de pan dulce. La conocía de las fotos.

En persona era más chiquita. —¿Puedo pasar? Traje concha y oreja. No sabía cuál te gustaba.

Le abrí. Puso el pan en la mesa de trabajo sobre unos planos y yo los jalé antes de que se manchara el papel. —Perdón, perdón. Qué bonito te está quedando esto.

—Todavía no está quedando nada. Se rió más de lo que ameritaba y se puso a caminar por el local con las manos atrás, como quien visita un museo. Se paró enfrente del pizarrón donde yo tenía pegadas las láminas de Altavista. —¿Tú llevas estas casas?

—Las cuarenta. —Ay, qué padre. Se quedó viendo las láminas un rato más de la cuenta. Después se sentó en el banco de al lado del mío, se acomodó el suéter y puso las dos manos en las rodillas.

—Itzel, voy a ser directa contigo porque no me gusta andar con rodeos. Yo pensé que los que dicen eso siempre andan con rodeos. —Yo sé que tú y Iker fueron muy cercanos toda la vida y yo no soy celosa, de verdad, pero desde hace un mes él está insoportable. No duerme.

Se me sale a fumar a las tres de la mañana. Avienta el celular. —Eso tendrías que platicarlo con él. —Ya lo platiqué.

Me dice que no es nada. Se mordió el labio de adentro y luego me enteré de que estás embarazada. Me metí un pedazo de concha a la boca para tener algo que hacer con la cara. —Sí, estoy embarazada.

—¿De cuánto? —Cuatro meses la semana que entra. Le vi los ojos moverse. Ahí estaba haciendo la cuenta.

La vi llegar al mes exacto porque se le puso la mandíbula dura. —Tu cumpleaños fue en agosto. El diez de agosto. Iker llegó a mi casa a las siete de la mañana del once.

Se le quebró un poquito la voz y se compuso. —Me dijo que se había quedado en casa de un amigo. Yo no dije nada. Eso es lo que nadie entiende de esa mañana: yo no tenía que decir nada.

La cuenta se la hizo ella sola. Paulina agarró su bolsa y la volvió a soltar. —Necesito que me digas de quién es. —No.

—¿Cómo que no? —Es que no es tu asunto, Paulina, con todo respeto. —Me voy a casar con él en enero. Le tembló la barbilla, se le puso la nariz roja y se limpió rápido con la manga, como hacemos todas cuando no queremos llorar enfrente de una extraña.

Y ahí viéndola así, me di cuenta de algo que no esperaba: no me dio gusto. Yo llevaba tres meses imaginándome este momento de otra manera. Me la imaginaba grosera, presumida, con el cojín rosa y el peluche del carro. Y era nada más una muchacha de veintiséis años que traía pan dulce a la casa de la enemiga, porque no se atrevía a preguntarle a su novio.

Le acerqué la caja de pañuelos que tenía para los clientes. —Te voy a decir dos cosas y ya. La primera, yo no le he escrito a Iker ni una sola vez en tres meses. Él me bloqueó, él me buscó, él me subió a su carro, yo no.

Y la segunda, si tú tienes que venir hasta acá a preguntarle a otra mujer qué está haciendo tu prometido, ya sabes la respuesta. Se paró tan rápido que tiró el banco. No lo levantó, salió con la bolsa apretada contra el pecho y arrancó la camioneta antes de cerrar bien la puerta. El pan se quedó ahí.

Me lo acabé yo sola en dos días porque tenía un hambre que no me cabía en el cuerpo. Esa noche, a las once, me sonó el celular con un número que no tenía guardado. —¿Qué chingados le dijiste, Itzel? Se oía la tele atrás y una puerta azotándose.

—Le dije que no era mi asunto. —Lleva cuatro horas gritándome. Sacó el calendario. Itzel.

El calendario. Bajó la voz de golpe como si se hubiera movido de cuarto. —Le dijiste la fecha. —Me preguntó de cuánto tengo.

Le contesté. No le voy a mentir a una mujer que no me ha hecho nada. —Eres una… Se cayó solo.

Yo esperé. Nunca lo había oído respirar así, como cuando corría de chico. —Hazte la prueba —dijo. —¿Cuál prueba?

—La de paternidad. Se puede desde ahorita. Ya me informé. Te la pago.

Me senté en la orilla de la cama. Afuera se oían los grillos del camellón. —¿Para qué la quieres, Iker? —Para tener papel.

Papel de qué. Tú dijiste enfrente de tu mamá, de la mía y de la pared que aunque fuera cierto, nunca te ibas a hacer responsable. Ya tienes tu papel. Lo firmaste con la boca.

Estaba enojado. Yo también colgué. Puse el celular boca abajo y me quedé sentada con las dos manos en la panza, esperando a que se me bajaran las pulsaciones. Todavía no se movía nada ahí adentro.

Faltaban dos semanas para que se moviera por primera vez y yo eso no lo sabía. Al otro día llegó el primer paquete de órdenes de trabajo de Altavista. Cuarenta carpetas. Las fui acomodando por manzana en el piso porque todavía no tenía archivero, y a media hora me topé con una.

Manzana 7, lote 22. Propietario registrado: Cervantes Ocampo Fernanda, la mamá de Iker. Adentro venía la solicitud de entrega anticipada, firmada por la contratista que iba a hacer los acabados: Constructora Peña y Asociados, ingeniero Rubén Peña. Le tomé foto a la hoja y se la mandé a Nayeli.

Me contestó a los dos minutos con una captura del Instagram de Paulina. Paulina Peña Aguirre, hija de. Me quedé viendo la pantalla mucho rato. La casa donde Iker se iba a casar la estaba acabando el papá de la novia, en un terreno de Aarón, con un proyecto de interiores que no podía entregarse sin mi firma.

Guardé la carpeta hasta arriba del montón en la esquina de la mesa donde le pegaba el sol. Para noviembre ya se me notaba. Tuve que comprar pantalones nuevos y contraté a dos muchachas recién salidas de la carrera, Wendy y Sol, que llegaban antes que yo y se peleaban por quién ponía la música. El estudio ya olía a café y a plotter, no a humedad.

El martes ocho a las diez de la mañana entró el reporte de supervisión de Altavista y la manzana siete venía marcada en rojo. Lo revisé tres veces antes de creerlo. Constructora Peña había levantado en el lote 22 una barda frontal de dos metros con veinte centímetros tapando la fachada completa. En el reglamento del fraccionamiento, que viene firmado en la escritura de cada casa, el máximo son ochenta centímetros.

Además, le habían movido la toma de gas al patio de servicio pegada al muro de la vecina. No era un detalle de gusto, era un tema de escritura y de protección civil. Yo no busqué eso. Llegó en la carpeta, en rojo, como llegan las otras cosas.

Firmé el rechazo técnico, igual que había firmado otros seis esa semana, y lo subí al sistema. A las once y media me llamó el ingeniero Peña. —Señorita, buenos días. Le hablo por lo del lote 22.

—Dígame, ingeniero. —Es que ahí hay una confusión. La barda la pidió la propietaria, la señora Cervantes, por seguridad. —Lo entiendo, pero el reglamento no lo permite.

Tienen que bajarla a ochenta y regresar la toma de gas al frente. —Es que ya está colada, señorita. —Lo sé. Por eso el rechazo dice demolición parcial.

Se quedó callado. Después le cambió el tono. —Mire, con todo respeto, yo tengo veintiocho años en la construcción y yo tengo la firma. —Suba los planos corregidos y yo se los reviso el mismo día, ingeniero.

No le voy a atrasar nada que venga bien. Colgó sin despedirse. A las dos de la tarde me marcó Aarón desde Monterrey. —Me acaba de hablar un tal Peña y le dije que el que revisa interiores y reglamento en Altavista eres tú y que si no le parece, que se salga del fraccionamiento.

Se oyó que le daba un trago a algo. —También me preguntó si tú y yo teníamos una relación personal. Se me subió la sangre a la cara. —¿Y qué le dijiste?

—Que sí, que somos socios. El jueves a las cinco y cuarto de la tarde, cuando Wendy y Sol ya se habían ido, se paró una camioneta gris enfrente del estudio. Se bajó la señora Cervantes. Traía su bolsa buena y el pelo recién hecho.

Se quedó un momento afuera viendo la lona con el nombre del estudio antes de tocar el vidrio con el nudillo, aunque la puerta estaba abierta. —Se puede. —Pásele, señora. No trajo pan, no trajo nada.

Se quedó parada hasta que le acerqué una silla y se sentó en la orilla con la bolsa en las piernas. Cuatro meses antes, esa misma mujer estaba en la cocina de mi mamá, diciéndole que su hijo por fin había sentado cabeza. —Licenciada —dijo. Nunca en la vida me había dicho así.

Toda mi vida fui Itzelita, la de junto. —Dígame. —Vengo por lo de la casa de mi hijo. Saqué la carpeta del lote 22 y se la abrí enfrente en la hoja del rechazo.

Y le fui señalando con la pluma:

—Aquí la barda. Aquí el gas. Los dos vienen contra el reglamento que usted firmó en la escritura en la página once. Si lo corrigen, se libera.

Ella no vio la carpeta. Me vio a mí. —La boda es el diecisiete de enero. La entrega estaba para el veinte de diciembre.

—Entonces tienen cinco semanas. Alcanza si empiezan mañana. Son doscientos ochenta mil pesos de demolición y obra nueva. —Itzel, lo sé.

Yo hice el estimado. Le empezaron a temblar las manos arriba de la bolsa. Se las agarró una con la otra para que se le pararan. —Te lo estoy pidiendo de mujer a mujer.

Nada más déjala pasar. Una barda. ¿Quién se va a fijar en una barda? —La vecina del veintitrés, que ya metió queja y protección civil en la revisión de gas.

—Tú creciste en mi casa. Ahí sí sentí algo caliente subirme por el pecho y tuve que respirar por la nariz. —Sí, señora. Crecí en su casa y su hijo dijo enfrente de usted que aunque fuera cierto nunca se iba a hacer responsable, y usted lo jaló para afuera y no me volvió a hablar en cuatro meses.

Se le arrugó la boca. —Yo te hablé. —Me habló hace tres días, para esto. Se quedó viendo el piso de cemento pulido un rato largo.

Cuando levantó la cara, ya no traía nada de la señora que llegó. —¿Es de mi hijo? Ahí estaba otra vez la pregunta. Ya me la había hecho mi mamá, me la había hecho Paulina, me la había gritado Iker en un carro a ochenta por hora.

Me tapé la panza con la mano sin darme cuenta de que lo estaba haciendo. —No, señora. El bebé tiene padre, tiene apellido y tiene acta lista desde octubre. No es Cervantes.

Ella asintió despacio, como quien acepta un precio que no le gusta. Y en eso, mientras la tenía enfrente, sentí dentro un movimiento chiquito, como una burbuja que se voltea. Fue la primera vez. Se me abrió la boca sola y me quedé quieta esperando a que se repitiera.

La señora Cervantes lo vio. —Se movió. —Sí. Se le llenaron los ojos.

Estiró la mano una cuarta y la regresó a la bolsa antes de tocarme. —Perdón, no pasa nada. Se paró, se acomodó el suéter y agarró la carpeta que yo le había dejado abierta. Antes de cerrarla, se detuvo en la esquina del corcho que tengo arriba de la mesa, donde traigo pegado el ultrasonido con la fecha impresa hasta arriba.

Se quedó viendo esa hoja más tiempo del que se ve un papel ajeno. —Dígale al ingeniero Peña que suba los planos corregidos y yo los reviso el mismo día —le dije. —Sí, se lo digo. Salió.

Vi la camioneta dar la vuelta en la esquina, y hasta como a las nueve de la noche, cuando ya iba manejando a mi casa, caí en cuenta de lo que había estado mirando tanto rato en mi corcho. La fecha del estudio. La señora Cervantes no necesitó decirle nada a su hijo. Nada más le enseñó la foto que le tomó a mi corcho.

Lo supe porque el sábado en la mañana me llegó un mensaje de Iker desde un número nuevo, de esos que se compran en el Oxxo. Veintidós de septiembre. Era la fecha del primer ultrasonido. Abajo mandó otro: Seis semanas, cinco días.

Y otro: Uno de agosto. No contesté. A las dos de la tarde mandó catorce mensajes seguidos. Que por qué le hice eso, que él tenía derecho, que le arruiné la vida, que Paulina le regresó el anillo el jueves y se fue a casa de su tía, que el ingeniero Peña le mandó decir que ya no iba a acabar la casa y que le devolvía el anticipo completo, sin explicación, como quien se quita a alguien de encima.

Al último mandó uno solo: Contéstame o voy. Le contesté una cosa: No vengas. A las once y media de la noche estaban tocando el timbre de mi casa sin soltarlo. Yo estaba en pijama con las piernas hinchadas y Aarón estaba ahí porque esa tarde había llegado el envío de la cuna y las cajas no le cabían en la camioneta.

Se habían quedado a medio armar en el cuarto de atrás, con el destornillador arriba de la caja. —Yo voy —dijo. —No, deja. Ya iba caminando.

Abrió y yo me quedé atrás en el pasillo con la mano en el marco. Iker traía la camisa de fuera y los ojos rojos. Se le fue el cuerpo hacia adelante cuando vio que el que abría no era yo. —¿Y tú quién eres?

—Aarón Villalobos. Le tardó como tres segundos. Le vi la cara cambiar cuando le cayó el apellido, porque ese apellido estaba en el letrero de la caseta del fraccionamiento donde su mamá le compró la casa. —Ah, cabrón.

Se rió con la boca nada más. —¿Con que era eso? El señor del dinero. —¿Quiere pasar a sentarse?

Le puedo hablar un taxi. —Yo vengo a hablar con ella. —Ella le pidió que no viniera. Iker aventó el brazo para hacerlo a un lado y Aarón no se movió ni un centímetro.

Nada más se paró más derecho y le puso la mano abierta en el pecho, sin empujarlo. —Le voy a pedir que se calme, joven. —Es mío. Ya no le estaba hablando a él, me estaba hablando a mí arriba de su hombro.

—Itzel, sal. —Es mío. Sácame de esto. Ya hice las cuentas.

Sal, Itzel. Salí. Cuando me vio la panza completa, con la pijama pegada, se le fue el color. Creo que hasta ese momento nada más había sido una fecha en una hoja.

—Hazte la prueba —dijo. —No. —Te la pago ahorita. Vamos, ahorita.

Hay laboratorios que abren en domingo. —No. —Es un niño, Itzel. No es un pleito, es un niño.

Y ahí fue donde se me acabó lo poquito que me quedaba. —Hace cuatro meses ese niño era un teatrito. Era yo inventando cosas, era yo arruinándome la reputación. Dijiste enfrente de tu mamá y de la mía que aunque fuera cierto, tú nunca te ibas a hacer responsable.

—Estaba enojado. —Y en mi cumpleaños, atrás de la puerta, estabas contento. Me temblaba la voz y no me importó. —¿Te acuerdas qué dijiste?

Yo sí, palabra por palabra. Dijiste que por más indirectas que te tirara, tú te ibas a seguir haciendo tonto, que yo era buenísima para todo, menos para ser novia. Se le abrió la boca. —Estaban tus amigos apostando cuántas veces me iba a declarar.

Diez mil, dijeron. Y tú te reíste, Iker. No los callaste. Yo estaba parada del otro lado con tu medicina para la gripa en la mano.

—Yo no sabía que estabas ahí. —Exacto. Me limpié la cara con la muñeca. —Eso es lo único que te duele: que estaba ahí.

Aarón se hizo a un lado, hacia la pared, para no quedar en medio. No dijo una sola palabra en todo eso. Iker se agarró del marco de la puerta. —Yo te puedo dar el apellido.

—Ya tiene. —¿Cuál? —Villalobos —dijo Aarón sin subir la voz. —Desde el ocho de octubre.

Reconocimiento voluntario. Ante notario. Está inscrito. Iker volteó a verlo como si le hubieran hablado en otro idioma.

—Eso no vale. Yo soy el papá. —Eso lo tendría que decidir un juez —contestó Aarón. —Y para que un juez lo vea, usted tiene que meter una demanda de impugnación con abogado, con pruebas y esperar.

Mi abogado calcula tres o cuatro años. Los suyos le van a decir lo mismo el lunes. —Ella me puede autorizar la prueba ahorita. —Sí, ella puede.

Aarón volteó a verme. —¿Quieres? —No. Iker se resbaló por el marco hasta quedar en cuclillas en el escalón con las manos en la nuca.

Se quedó así un rato. Se le movían los hombros. Yo llevaba diez años esperando verlo así. Diez años imaginándome que un día se iba a dar cuenta.

Y no sentí nada de lo que pensé que iba a sentir. Nada más frío en los pies y ganas de sentarme. —Iker. Levantó la cara.

—Vete a tu casa. Tu mamá te está esperando y traes las llaves del carro en la mano. Dáselas al taxi. —No me hagas esto.

—No te estoy haciendo nada. Nada más dejé de hacerte cosas. Cerré la puerta despacio, le puse el seguro, me quedé con la frente pegada a la madera, oyéndolo del otro lado hasta que se paró y se fue. Aarón se metió a la cocina y puso agua a hervir sin preguntarme si quería té.

—¿Estás bien? —Se me durmió la mano izquierda. —Siéntate. Me senté en la silla del comedor con los pies arriba de otra silla, como me dijo el doctor.

Él me puso la taza enfrente, se sentó y estuvo un rato girando la cuchara sin tomar nada. —Te faltó decirle una cosa —dijo. —¿Cuál? —Que el rechazo del lote 22 lo firmaste antes de que él supiera la fecha.

—No. Después. Levanté la vista. —¿Y eso a él qué le importa?

—A él nada. Le dio un trago a su té. —A ti sí. Esa noche me dormí a las cuatro de la mañana con la cuna a medio armar en el cuarto de atrás y el destornillador todavía arriba de la caja.

El lunes a las nueve, Constructora Peña subió los planos corregidos del lote 22 al sistema. Los revisé ese mismo lunes. Barda a setenta y ocho centímetros. Toma de gas al frente.

Memoria de cálculo firmada. Todo bien. Puse el sello de liberado a las cuatro de la tarde y lo subí al sistema. Wendy se me quedó viendo desde su mesa.

—¿Ya? ¿Así nada más? —Así nada más. —Itzel, es la casa de—

—Ya sé de quién es.

Guardé la carpeta en el archivero, en la letra C. —Yo le dije al ingeniero que si subía los planos corregidos se los revisaba el mismo día. Los subió. Se los revisé el mismo día.

Sol, que oye todo aunque traiga los audífonos, se quitó uno. —Yo lo hubiera dejado ahí sentado hasta enero. —Por eso tú todavía no firmas nada. Se rieron las dos y volvieron a lo suyo.

Yo me quedé un rato con la mano en el cajón cerrado, esperando a que se me quitara algo del pecho, y no se me quitó hasta como una hora después. La entrega de la manzana siete fue el veinte de diciembre a las diez de la mañana, con frío y con el pasto todavía mojado. Fui porque me tocaba ir. Cuarenta casas, doce entregas ese día y la firma de interiores es mía.

Llegué con la carpeta y la chamarra que ya no me cerraba. Traía cinco meses y medio y caminaba como pato en el terreno disparejo. Iker estaba parado en el frente del 22 con su mamá, esperando al notario. Estaba más flaco.

Traía el pelo mal cortado y unos tenis que no le conocía. Nos vimos. No me hice a un lado y él tampoco. —Buenos días —dije.

Y seguí derecho hacia el ingeniero de supervisión. Hice mi parte. Revisé acabados casa por casa. Marqué tres detalles menores en el 19 y en el 24.

Firmé las actas y me tomé el café aguado que reparten en las entregas. Cuando ya me iba a la camioneta, me alcanzó en el pasillo de servicio. —Itzel. Me paré, pero no volteé todo el cuerpo.

—Dime. —Gracias por lo de la barda. —Es mi trabajo. Se metió las manos a la chamarra.

Le vi la garganta moverse dos veces antes de hablar. —Paulina no va a volver. Su papá me devolvió hasta el anticipo del banquete. —Lo siento.

—No, no lo sientes. Volteé completa. —Sí lo siento, Iker. No por ti.

Por ella. Ella no le debía nada a nadie. Se quedó viendo el piso. —Una sola pregunta.

Y ya no te vuelvo a buscar en mi vida. —¿Es mío? Y ahí estaba otra vez. La misma pregunta que me hicieron mi mamá, su novia, su mamá y él cuatro veces en cinco meses.

Me acomodé la carpeta en el brazo. —Que tengas buena entrega. Me subí a la camioneta. Por el retrovisor lo vi parado en el mismo lugar, con las llaves de una casa de tres recámaras que se compró para una boda que ya no había.

Eso es lo único que le quedó: la certeza y ni un papel. El diecisiete de enero, día de la boda que no fue, me la pasé midiendo un departamento en Andares. Nayeli me mandó como ocho mensajes ese día para ver si estaba bien. Le contesté con una foto del flexómetro.

En febrero, la señora Cervantes volvió al estudio. Esta vez sí tocó la puerta cerrada y esperó a que Sol le abriera. Traía un sobre. —Licenciada.

Se sentó en la misma silla, puso el sobre en la mesa y lo empujó hacia mí, igual que yo le había empujado la carta de renuncia a Bracamontes hacía cinco meses. —Es la cotización que le pedimos a otros dos despachos para los interiores de la casa de mi hijo. Los dos están arriba de trescientos mil. Se acomodó la bolsa.

—Yo le pago cuatrocientos, con contrato, con anticipo, como usted diga. Abrí el sobre, vi los números y lo volví a cerrar. Cuatrocientos mil pesos en febrero, con un estudio de tres meses de vida y una cuna que pagó otro hombre. —No, señora.

—Itzel, es trabajo. Es nada más trabajo. —Sí, y yo escojo mi trabajo. Saqué del archivero la carpeta del lote 22 y se la puse enfrente, abierta en la hoja del sello.

—Aquí está su casa liberada en tiempo, con reglamento cumplido. Eso es lo que yo le debía y ya se lo di. Lo demás no se lo debo. Se quedó viendo la hoja.

—Usted le pidió a mi mamá que yo les decorara esa casa como si me estuviera haciendo un favor. Cerré la carpeta y se la dejé en las manos. —Ahorita me está ofreciendo cuatrocientos mil. Yo soy la misma de agosto, señora.

La que cambió fue usted. No se enojó. Eso fue lo raro. Nada más asintió, como quien ya sabía la respuesta desde que salió de su casa.

En la puerta se detuvo. —¿Algún día le vas a decir a ese niño quién es? —Cuando pregunte. —Y si nunca pregunta.

—Entonces nunca lo va a necesitar. Elías nació el quince de mayo a las seis y cuarenta y dos de la mañana, con tres kilos con cien. Aarón estaba en la sala de espera desde las once de la noche anterior con su portafolio, porque no sabe estar en ningún lado sin papeles. Firmó lo que tenía que firmar.

En el acta quedó Elías Villalobos. Y abajo, mi apellido. Ninguno de los dos lloró enfrente del otro, aunque yo sí lloré después, con la enfermera. Mi mamá llegó a las siete con caldo de pollo en un termo, como si en el hospital no dieran de comer.

Nayeli llegó a las siete y media, se lo quitó de los brazos a mi mamá y no lo soltó en tres horas. En julio cambiamos la lona del estudio. La de antes decía nada más Diseño de Interiores, porque cuando la mandé a hacer yo no sabía todavía cómo se iba a llamar nada en mi vida. La nueva la subieron un martes en la mañana, con Wendy gritándome desde la banqueta que quedaba chueca, que le bajara dos dedos del lado izquierdo.

Letras blancas, fondo negro, un solo nombre. Elías. Ese año cerramos los cuarenta interiores de Altavista, los veintiocho del fraccionamiento de la salida a Chapala y tres torres en Puerta de Hierro. Contraté a cuatro personas más.

Le pagué a Aarón el local en dieciocho mensualidades, aunque él nunca me lo cobró, porque yo quería que la última hoja de ese trato la firmara yo. De Iker supe dos cosas más: que vendió la casa del lote 22 en septiembre sin haberla amueblado nunca, y que en la escritura de venta el comprador la registró a nombre de su esposa embarazada. Yo esa firma no la revisé. Ese lote ya no era mío.

Paso por Altavista como una vez al mes, cuando hay supervisión. Se llega por el mismo camellón, se da vuelta en la caseta y de la manzana siete se ve la barda del 22 desde la avenida, bajita, a setenta y ocho centímetros, exactamente como debía estar desde el principio. Nunca bajo la velocidad ahí.